El concurso del miedo
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Opinión
  No me gusta inundar los e-mails de los colegas con historias trasnochadas y astutos golpes de pecho. No soy de quienes abruman a los demás con quimeras ajenas. La acción vale más que abanicar el viento y estoy convencido de que tenemos una sola mujer aherrojando el alma y el regalo de estos minutos en la tierra lo marca tu vida, no el semen que te procreó.
  Contra nosotros hay una guerra. Quienes con nuestra esencia de cubanos estampada en la frente vivimos en las entrañas del monstruo, sabemos que cada día hay otro ardid contra la esperanza, otro eslabón de la ignominia, el odio y la vileza. No hay dignidad en los desertores, ni moral en los mezquinos, ni siquiera virtud en los pusilánimes.
  A mis muertos queridos, a quienes se les oxidó la vida en las fronteras del odio y ahora sufren estoicos el olvido de los ingratos les digo: cada mañana, con mi bandera tricolor en la solapa, contemplo este amanecer ajeno, midiéndome por la estatura de sus vidas.
  Nunca se está solo cuando no provocas la vergüenza de los tuyos.
  Quienes nos acusan de extremistas, de soñadores, de compasivos y seguidores, siempre tendrán razón. No vale la pena una vida sin esperanza, no eres nadie sin la integridad de tu ideal.
  Hoy en día, cuando suenan trinos de vacilantes, retumbar de plañideras y rugidos del poderoso, más que nunca recuerdo a mi bisabuelo mambí, pequeño, con sus manos de niño y aquel coraje más allá de su cuerpo que lo llevó, crecido, en las llanuras villareñas a comandar una banda de negros descalzos y embestir con cargas al machete a balas y ejércitos.
  Mi bisabuelo Pablo, se ponía en atención ante mí para hablar de su general Maceo, sonreía sus secretos para recordar al dominicano Máximo, ponía palabras en el aire para recordar las ideas de Martí. "Mi'jo, lo difícil no es matar a un hombre, es vivir con él toda tu vida..." Ahora lo sé viejito, los muertos no se quedan tan muertos como dicen, ni el valor está en el arrojo y la potencia, es como el amor: entrega, sacrificio y respeto.
  Como digo, no pierdo el tiempo de los amigos en palabrería y golpes de pecho. No estamos solos, nosotros, porque tenemos un pueblo inmenso que ha probado su fe en cuatro décadas de heroísmos, ustedes porque tienen bien claro a dónde los orienta la esperanza.
  Pero no se imaginen los cobardes que sus acciones quedarán impunes en ninguna parte, ni siquiera en este pantano miserable.
  Quien nos ataca o insulta, recibirá la bofetada de nuestra dignidad e independencia. Si no nos rindió el hambre, nunca nos doblegarán las amenazas, mucho menos el plomo enemigo.
  Cada acción tiene dos respuestas, quien se someta al alcance de la ira tendrá su castigo, los mendaces e impostores de treinta monedas tendrán su hora y está más cerca de lo que piensan.
  Ya es mucho, quiero recordar lo que decía el poeta, novicio y romántico como quisiera ser hasta el final de mi vida: "El amor, madre, a la patria, no es el amor ridículo a la tierra, ni a la yerba que pisan nuestras plantas; es el odio invencible a quien la oprime, es el rencor eterno a quien la ataca y tal amor despierta en nuestro pecho, el mundo de recuerdos que nos llama, a la vida otra vez, cuando la sangre, herida brota con angustia el alma; la imagen del amor que nos consuela y las memorias plácidas que guarda". .
Por Pedro González-Munné