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Editorial
Abajo el que suba

  Si hay algo que me ha enseñado este oficio de picar piedra del periodismo, es que no hay izquierdas ni derechas, sino tribus.
  En nuestras dolorosas repúblicas como las llamó el poeta, impone la bizarría de la imagen y la percepción del poder, del maniquí apocalíptico con fondo de tambores, diestro y sagaz para arrebatarnos del caos, ese, nuestro cotidiano amanecer de resaca, buscando sustento y sentido a la existencia.
  Ayer un joven colega vasco preguntaba sobre la tendencia de nuestro manso periódico o la pertenencia, como si fuera del simple flujo del tránsito, ya sea hacia la siniestra o la diestra. En verdad nuestra respuesta debió ser: siempre a la contraria, por aquello de abajo el que suba.
  Hoy en día en Miami y en la comunidad cubana en el exterior de la isla no existen en política axiomas de dirección vehicular, sino más bien confusiones sobre el destino manifiesto que, como de costumbre, pretenden imponer los poderosos sobre la mayoría, teniendo a mi modesto entender mucho más de lo que debían tener.
  En definitiva quienes disfrutan del privilegio de la libertad de seleccionar el contenido de su paella, están aquí, todos y cada uno de ellos, porque así, no quieren estar allá.
  Nunca existieron, ni han existido grupos coherentes con la libertad de Cuba en mente, sino más bien de los dineros federales, estatales, condales, de las ciudades y de los ilusos contribuyentes, los cuales de conjunto han concebido a 2,000 millonarios cubano americanos y elevado este pantano con luces a complejo habitacional en desarrollo.
  Sumemos, a un promedio de $100 millones de dólares anuales para páginas Internet, programas de radio y televisión, analistas, agentones, combatientes, ayuda y formación de periodistas y bibliotecarios independientes, disidentes, familiares de presos políticos, convenciones, reuniones, revistas, tabloides, boletines, newsletters, pasquines, desayunos, almuerzos y cenas, sin desdorar los cortaditos, en 46 años vamos por $4.6 billones de dólares y algo de menudo.
  Es el negocio de la crisis, ilustrado y reforzado, y no quiero meterme con quienes en el otro lado se benefician de esto, pues con amigos como los que me gasto, ya no necesito enemigos.
  La realidad es que, encaramados en el cajón del poder y megáfono en mano, no se dan de cuenta estos próceres de la miseria del cubano del cambio de clima: la gente está hastiada de fábulas y ficciones y de costear sus delirios o cortinas para la codicia.
  No hay que esperar al sepelio ilustre o alumbramiento ocasional para alcanzar el porvenir.
  No existen trillos o atajos hacia el futuro: están en el respeto sin maldades, en la asamblea abierta entre cubanos, sin traductores, rencores o trastiendas, ni temores a la masa, a los orígenes del surco, al oscuro manantial de la sangre tras la camisa de faena, a la bayoneta pulida del combatiente, a los olores finales.
  Mirando al norte, despreciando nuestros colores, poniendo rencor y codicia por delante de la esperanza, no veremos la solución que no tengo yo, ni tú, ni aquel que vocifera, está en la familia, la armonía y el bienestar engendrado por el trabajo. Viene de la tierra, del sudor y del fruto de la cosecha.
  Vendrá de cada uno y todos de nosotros, cuando en vez de rabia, sembremos fe.

Abajo el que suba
Por Pedro Gonzalez Munne